Los bachaqueros dolarizados: pandemia más dañina que el coronavirus en Venezuela

síndrome del lobo cebado. Se llama así a los lobos (o a cualquier otra fiera) que ha probado la carne humana y, según dicen, ya no puede resistirse a la tentación de intentar comerla de nuevo. Mutatis mutandis, los bachaqueros dolarizados ya probaron las fabulosas ganancias de la reventa del combustible en divisas y por ello se resisten ferozmente

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La primera semana de restablecimiento del suministro de gasolina a escala nacional ha puesto sobre la mesa una discusión de orden sociológico: la corrupción dolarizada de civiles y militares es un fenómeno muy peligroso, un tumor que no se puede extirpar así como así.

Para entender lo que pasa funciona muy bien un símil que ha sido expuesto por algunos analistas de red social (dicho sin ánimo despectivo, aclaremos): las personas, de todos los estratos sociales, niveles educativos y rangos (en el caso de militares y policías) que habían participado en los últimos meses del fabuloso negocio de revender en dólares gasolina regalada sufren el síndrome del lobo cebado.

Se llama así a los lobos (o a cualquier otra fiera) que ha probado la carne humana y, según dicen, ya no puede resistirse a la tentación de intentar comerla de nuevo. Mutatis mutandis, los bachaqueros dolarizados ya probaron las fabulosas ganancias de la reventa del combustible en divisas y por ello se resisten ferozmente –valga la alegoría– a que les quiten semejante fuente de enriquecimiento fácil.

Uno de los puntos clave de este problemón es el hecho de que, tal como se indicó antes, no es un negocio de pocas personas. Puede que quienes ocupan la cúspide la pirámide sean, ciertamente, un reducido grupo de delincuentes, tanto civiles como militares y policiales, pero (y aquí insistimos en la comparación con el cáncer).

El mal ha ido diseminándose por toda la estructura social, contagiando desde los propietarios de estaciones de servicio y los encargados o gerentes de estas, hasta los bomberos que, como bien se sabe, pertenecen a la más humilde clase obrera. Igual pasa entre los uniformados. La mafia debe cubrir desde los más altos oficiales hasta los efectivos rasos que van a cumplir funciones de “custodia” en las estaciones de gasolina.

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Este carácter de pandilla explica por qué se han observado algunas reacciones que nos remiten ya no a una manada de lobos, sino a un enjambre de avispas a las que alguien les ha tumbado su colmena. Furiosamente han salido a picar a quien intente establecer el nuevo orden y a los usuarios que han formulado reclamos. Furiosamente se han lanzado, en estos primeros días, a defender lo que ya consideraban un derecho adquirido.